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¿Cuántas veces has dicho “Ya no puede pasarme nada peor” y te has equivocado? ¿Cuántas veces has dicho: “Algún día me reiré de esto…pasará mucho tiempo pero terminaré viéndole la gracia”?


Si has tenido un mal día, si crees que ya no puede pasarte nada peor o todavía no has olvidado eso de lo que tardarás mucho en reírte, entra en este blog y comprobarás que no eres el único. La idea no es consolarse con las “desgracias” ajenas, sino aprender a reirse de lo que haya podido convertir tu día en un infierno.

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miércoles, 19 de mayo de 2010

“Hola gringuita, ¿sabes que eres requetebonita?”. Aunque sólo fue un susurró en el oído, sentí que  me anestesiaba  la oreja  con el aliento a alcohol. Miré a todos lados desesperadamente pero no vi ninguna mujer en 300 metros a la redonda. En un desacertado  intento  por pasar desapercibida, había elegido un atuendo perfecto para trabajar en el circo Ringlin.

Desgraciadamente, el efecto estaba siendo  justo el contrario. Es lo que tiene vestirse como si fuera carnaval. Todas las mujeres con ropa ajustada y femenina  y yo de hippie por la vida. ¿A quien iban a mirar?  Pues a la rara. Aquel hombre empeñado en  seguirme al fin del mundo y yo sin saber dónde estaba. ¡Qué barbaridad!  De repente vi  algo que me resultó familiar.  Eché a correr despendolada mientras el hombre  gritaba un montón de groserías que me pusieron los pelos como escarpias. Por aquel entonces todavía era un poco inocente…pero poco…

Milagrosamente llegué al kinder sobre el horario previsto. Estaba a salvo. Ya me preocuparía más tarde por la vuelta. 4 horas más tarde salí de allí aliviada, con el dolor de cabeza más espantoso que he tenido en toda mi vida. Resumen: Niños llorando, niños pegándose, yo idiota que dejé entrar a otros no tan niños que me robaron el poco material escolar que tenían. Gracias a Dios, algunas mujeres al oír aquel  guirigay decidieron caritativamente echarme una mano y a torta limpia sacaron a todos los mangantes que se habían aprovechado de mi estupidez.

A pesar de todo, no claudiqué. Todavía hoy lo recuerdo como uno de los sitios en los que he sido más feliz en toda mi vida. Uno nunca puede fiarse de las primeras impresiones. 

jueves, 13 de mayo de 2010

“Voy a llevarte  donde vas a trabajar los próximos tres meses.”Esas fueron las palabras de mi amigo Ramón antes de coger dos autobuses destartalados, atravesar una autopista, cruzar un puente, recorrer un barrio de norte a sur, bajar unas escaleras interminables y caminar un kilómetro por la orilla del río esquivando cochinos.

“Fíjate bien porque mañana ya no podré acompañarte”. “Eso me tranquiliza mucho”. Pensé.  
“Te van a encantar los niños de la guardería.”. ¡Niños! ¡Guardería! Definitivamente era mi día de suerte.


Esa noche no dormí memorizando el trayecto, recordando las miradas lascivas de los hombres con los que me había cruzado, analizando la alentadora frase que me había dicho a la vuelta: “Camina siempre  cerca de alguna mujer, aunque no la conozcas.Y si después del primer día no quieres volver, no te preocupes. Ninguna profesora dura más de unos días.”

Me levanté muy pronto. Ya no había nadie en casa.  Antes de salir quería encomendarme a todos los santos así que igual que  los toreros antes de enfrentarse al toro, entré en una pequeña habitación donde él había explicado que rezaban todos los días.

“¡Dios! ¡Qué susto!”
“¡Ay!” Con la puerta acababa de llevarme por delante  el pie de un hombre arrodillado en el medio. Quise salir corriendo pero ya era tarde. “¿Quién eres?” Preguntó frotándose el pie.  “Y,… ¿tú? No sabía que aquí vivía más gente”. “No vivo aquí. Vengo a veces.” “Yo ya me iba”. “¿A dónde?” “A las Brisas” “Te llevo”.


2º día en Honduras, y allí estaba yo, sentada en  un camión de esos que transportan animales con un auténtico desconocido rumbo vete tú a saber dónde. Se me pasó por la cabeza la opción de lanzarme en plancha pero… ¿Para qué? ¿Dónde?

Iba imaginándome la escena más horrible de lo que me podía pasarme en un descampado (la imaginación es lo peor en estos casos),   cuando sentí que alguien me tocaba el brazo. “Ya está usted en Las Brisas” Bajé corriendo. Miré a todos lados. Con todas las veces que había repetido la ruta en mi cabeza y este hombre  me tuvo que parar justo en un sitio que no me sonaba de nada.

“Voy a preguntar a ese que viene por ahí…uy…casi que no”...

viernes, 7 de mayo de 2010

Hace 10 años tomé la decisión de viajar a Honduras. Quería vivir de otra manera, otras experiencias, conocer otra cultura, otra forma de vida. Todo eso lo conseguí y antes de lo que pensaba. No había bajado del tren que me llevaba al aeropuerto y un hombre me dio 30 euros. Por un momento tuve que pensar si había hecho algo con él y no me acordaba (viajar de noche es lo que tiene). Pero no…sólo se le había caído la cabeza sobre mi hombro un par de veces y la mano en la rodilla otras tantas. Si llegamos a echar un polvo me da una pasta…

Tuve que dormir en el aeropuerto de Miami hasta el día siguiente. Y ahí conocí a un mejicano. Una persona de esas a las que hay que darles una leche para que hablen y 100 para que se callen, así que no pegué ojo y antes del amanecer recibí mi primera proposición de matrimonio. Con lo que a mí me gusta una boda…

Y aterrizamos en la pista más pequeña del mundo. Con semáforo y todo en medio de la ciudad para que no pasen los coches cuando llega un avión. Allí me esperaba mi amigo Ramón. El padre Ramón. Igual que un niño de San Ildefonso. Para cerrar la maleta había tenido que subirme encima y ahora una mujer se disponía a abrirla. ¡Nooo, Dios mío! ¿Por qué tuve que dejar toda la ropa interior para el último momento? Menudo despliegue de bragas y sujetadores. El, sin saber para donde mirar y yo “tierra, trágame”. Claro que hubiera sido mucho peor si hubiera dejado encima las botellas de chupito y el jamón. Igual que Paco Martínez Soria

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