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¿Cuántas veces has dicho “Ya no puede pasarme nada peor” y te has equivocado? ¿Cuántas veces has dicho: “Algún día me reiré de esto…pasará mucho tiempo pero terminaré viéndole la gracia”?


Si has tenido un mal día, si crees que ya no puede pasarte nada peor o todavía no has olvidado eso de lo que tardarás mucho en reírte, entra en este blog y comprobarás que no eres el único. La idea no es consolarse con las “desgracias” ajenas, sino aprender a reirse de lo que haya podido convertir tu día en un infierno.

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miércoles, 9 de marzo de 2011

No sé si alguna vez habéis estado en un campo de batalla. Yo no, pero casi. Hace un par de días viví una situación en la que se  podía oír perfectamente el silbido de las balas a mi alrededor. Es lo que ocurre cuando una tiene la osadía de irse de vacaciones cuatro días con su novio, su exmarido y sus respectivos retoños. Lo único malo de esta situación es que un día,  a lo tonto a lo tonto, saldré herida entre tanta bala y granada de mano.
“%&(/·&(%&%/(=”  Estas son algunas de las incongruencias que escuché farfullar a mi queridísimo cuando le insinué sutilmente que mi exmarido también iba a ver la Pilarica con nosotros.
Viernes tarde. Salimos en caravana. Mi novio y yo en un coche. Delante,  mi ex en otro. El con las niñas, que para eso es el papá más guay del mundo mundial.  Lleva teles, patatas fritas, coca cola y no hace churros en el coche porque todavía no han inventado churreras eléctricas porque sino,  también se compraría un termo para el chocolate.
Yo feliz. Me encanta viajar con Lazarillo. De toda la vida de Dios si eres ciega y no ves los carteles es lo más práctico. Y si encima eres lerda y los pocos que ves,  nos los sabes interpretar. ¡Dónde va a parar! Pero a mi novio no le veía yo tan contento. Especialmente cuando antes de volver a León, mi ex dijo: “Os acompaño hasta el peaje porque si no,  igual acabáis en Barcelona…jajá jajá” Dos segundos más tarde rectificó: “Lo digo por ti, eh Rosa, que eres medio tonta.” Yo creo que dio marcha atrás porque  se dio cuenta ipso facto  que el humo que salía del coche, no venía del tubo de escape. Si buscarais la definición de GPS en el diccionario veríais la foto de mi ex. Pensar que mi novio  quiso regalarme uno para mi cumpleaños (me refieron al GPS, no a mi exmarido) y le dije: “¡Para qué querré yo esa caca!” Le convencí del error y a cambio me regaló unas  bragas de Hello Kitty que  para orientarme, lo que se entiende literalmente como orientarse, pues me sirven de poco. Y para mí,  que mi novio siempre está pensando en ellas porque  subir al coche y perder el sentido de la orientación es todo uno…

Mañana segunda parte del periplo con los mañicos…


martes, 2 de noviembre de 2010

Mi novio dice que podría escribir un libro con todas las historias que invento simplemente  con mirar a las personas. Sólo media  hora sentada en el avión y  me doy cuenta que, sin querer,  estoy otra vez dando rienda suelta a mi imaginación y ya “sé”  la vida de  buena parte de los pasajeros. Hay muchas parejas de luna de miel. Por alguna razón absurda la mitad de las novias aún conservan los bucles de su peinado hasta el primer chapuzón en la piscina. En el asiento contiguo tengo a un “mandibulín” (dícese de aquel que mueve la mandíbula cien veces por segundo con cada mordisco) que no para de comer en las 10 horas de vuelo. Ha sacado, bajado y subido tantas veces su mochila que cruzo los dedos con todas mis fuerzas  para que se le caiga en la cabeza y deje de tocar los cojones. Teniendo en cuenta que se ha metido para el cuerpo (una barra de Fuet  Espetec de Casa Tarradellas, un paquete de pan Bimbo y una lata de paté de cecina) me dan pena los pobres del hotel que haya escogido como cobayas de su todo incluido (seguro que le regalan las excursiones para que pase el mayor tiempo posible fuera del hotel).  Su ya “señora de” (tiene cara de estirada desde que su ya marido le puso el anillo en el dedo) ni se inmuta. Eso debe de ser amor. Y después de untar el pan venga a chupar el cuchillo de plástico por los dos lados, con toda la lengua llena de migas.  ¡Qué asco de tío! Ahora mi novio me  sugiere al oído  empezar ya la fiesta en el baño del avión y yo sin poder quitar la vista del cuchillo, las migas y la mochila. Así, ¿Cómo me voy a meter en harina? Si tuviera valor y finalmente lo hiciera,  seguro que el cochino del fuet diría  que somos unos guarros sin civilizar. Pero es él, el maridín ejemplar,  el que guarda todos los cubiertos de plástico, el vaso, la tacita del café, la almohada, y las mantas en la mochila que ha vuelto a bajar otra vez. Estoy por decirle que la patente. Ni del bolsillo cuatridimensional de Doraemon salen tantas cosas. Ay madre…que mi novio ya se ha dado cuenta de que no  estoy a lo que tenía que estar  y por qué no estoy a lo que tenía que estar…No sé si libraré hasta Cancún…

jueves, 1 de julio de 2010

“Aunque todavía faltaban cuatro largos meses para que llegara otro caluroso agosto, Julia no podía pensar en otra cosa que no fuera el viaje que entonces la llevaría  a Italia. Siempre había querido ir allí pero hasta ahora nunca había encontrado ni el momento ni el compañero de viaje idóneo. Así que, ahora que tenía un trabajo estable, y que, a los 30 años, por fin  se había dado cuenta que la mejor compañera que podía encontrar,  era ella  misma, decidió emprender el que  consideraba el viaje de su vida.
Julia era traductora. Llevaba tres años trabajando en una prestigiosa editorial  y disfrutaba con  lo que hacía. Excepto los dos o tres inevitablemente pesados que sufren todas las empresas, el resto de  la plantilla era aparentemente agradable. Pero algo la diferencia de sus compañeros. Era la única mujer soltera. Eso la hacía sentirse más independiente y libre que los demás. Sin embargo, esa autonomía de la que ella se enorgullecía, era también motivo de dimes y diretes  por parte del resto. Julia estaba al tanto de esas habladurías pero hacía caso omiso de tanto cotilleo  porque, al fin y al cabo, su vida y lo que hiciera con ella, sólo le incumbía a ella…
Lo primero que tenía que hacer era reservar un billete de ida y vuelta y un hotel en Roma. Y después despedirse de sus amigos, en especial de Salvador. Hacía sólo tres meses que él se había mudado al piso de arriba. . Hasta entonces había defendido a ultranza que lo mejor que puedes hacer con los vecinos es no llegar a conocerlos. Pero la forma en la que se cruzaron la primera vez,  hizo que una de sus innumerables  reglas de oro llegara a tambalearse. Aquel día subía las escaleras pensando en los libros nuevos que habían llegado a la editorial cuando empezó a oír ruido en el ático, y de repente empezaron a caer rodando  todo tipo de objetos: libros, vinilos, figuritas de Lladró e incluso el tablero de una mesa de dibujo. Corriendo desenfrenado detrás de aquella avalancha llegaba Salvador. Le dedicó una sonrisa de “disculpa, se me ha caído sin querer”, y siguió escaleras abajo trotando como un caballo desbocado.
Julia todavía se reía cuando él entró de nuevo en el portal con lo que ya no se parecía en nada a los restos de su mesa. Le ayudó a recoger lo que todavía estaba desperdigado por los viejos y destartalados peldaños de madera y al llegar a su puerta se presentaron.
Salvador resultó ser un hombre amable, creativo, lo que algunos definirían como buena persona en general  pero para ella   era fundamentalmente  un hombre atractivo, con una sonrisa deslumbrante y unos ojos que la dejaban sin palabras. Lo demás no le importaba mucho…tampoco tenía pensado entablar una gran amistad con él.
Ya no podía volverse atrás. La decisión estaba tomada. Quizás había influido en ella el interminable y lluvioso invierno. Contemplar día tras día cómo la lluvia caía sin cesar al otro lado del cristal había sido más de lo que ella podía resistir. Esperaba que una gota de agua chocara contra su ventana y  precipitara dentro de su habitación ese acontecimiento crucial- desconocía en qué podía consistir-que llevaba esperando desde que fue consciente que ya tenía 30 años. Pero la espera había sido en vano y ella misma había tomado la decisión de ir a su encuentro.
Las tierras italianas siempre habían ejercido sobre ella una poderosa atención. Todo lo que había de leyenda y mito en torno a su gestación como pueblo, historias llenas de pasiones encontradas, héroes y heroínas de fuertes personalidades que habían forjado una historia siempre llena sobresaltos, despertaban su lado salvaje y apasionado, que normalmente mantenía oculto bajo su coraza de hielo. Nada ni nadie le podía impedir  convertirse, gracias a su imaginación,   en una nueva Lucrecia Borgia, o seducir a Casanova.
Salvador, sí, se presentaba como un hombre atractivo e interesante, pero no era el único que había conocido en su intensa vida. Llegaban, apenas permanecían unos meses en su vida y se iban sin hacer ruido.
Lo único que Julia realmente lamentaba era tener que alejarse por un tiempo de sus amigas, pero los altavoces del aeropuerto ya llamaban. “Pasajeros con destino a Roma, vuelo BA 609 por favor embarquen por la puerta número…”
Ligera de equipaje,  se dirigió a la puerta de embarque. Muchos sueños iban esta vez dentro de sus maletas; tal vez por eso su ropa ocupaba menos que de costumbre. Por una vez,  ni siquiera había necesitado sentarse encima para cerrarla.
Antes de entrar se giró aunque  ya sabía que no iba a encontrar a nadie allí. No le gustaban las despedidas. A Salvador simplemente le había dejado un escueto mensaje en el contestador. Mensaje  que él escucharía cuando volviera de su viaje a Holanda. “Que no se hubiera ido”. Pensó.







viernes, 7 de mayo de 2010

Hace 10 años tomé la decisión de viajar a Honduras. Quería vivir de otra manera, otras experiencias, conocer otra cultura, otra forma de vida. Todo eso lo conseguí y antes de lo que pensaba. No había bajado del tren que me llevaba al aeropuerto y un hombre me dio 30 euros. Por un momento tuve que pensar si había hecho algo con él y no me acordaba (viajar de noche es lo que tiene). Pero no…sólo se le había caído la cabeza sobre mi hombro un par de veces y la mano en la rodilla otras tantas. Si llegamos a echar un polvo me da una pasta…

Tuve que dormir en el aeropuerto de Miami hasta el día siguiente. Y ahí conocí a un mejicano. Una persona de esas a las que hay que darles una leche para que hablen y 100 para que se callen, así que no pegué ojo y antes del amanecer recibí mi primera proposición de matrimonio. Con lo que a mí me gusta una boda…

Y aterrizamos en la pista más pequeña del mundo. Con semáforo y todo en medio de la ciudad para que no pasen los coches cuando llega un avión. Allí me esperaba mi amigo Ramón. El padre Ramón. Igual que un niño de San Ildefonso. Para cerrar la maleta había tenido que subirme encima y ahora una mujer se disponía a abrirla. ¡Nooo, Dios mío! ¿Por qué tuve que dejar toda la ropa interior para el último momento? Menudo despliegue de bragas y sujetadores. El, sin saber para donde mirar y yo “tierra, trágame”. Claro que hubiera sido mucho peor si hubiera dejado encima las botellas de chupito y el jamón. Igual que Paco Martínez Soria

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